Capsula del tiempo. La obra de Jorge Scrimaglio.

Poder acceder al conjunto de la obra de Jorge Scrimaglio es un acontecimiento. No sostengo esto solo por la calidad de sus obras, sino especialmente por la profunda coherencia que estas tienen y también, por el sentido que tiene para nosotros acceder a un modo de pensar la arquitectura que parece perdido. JS piensa sus obras a partir de un conjunto de rigores que ya nadie parece aceptar. Estos rigores exceden a los que una determinada línea arquitectónica puede exigir para moverse dentro de sus límites. Son los rigores propios de la aplicación de un saber específico, que se asume como tal y que explora las posibilidades (y el sentido) de los límites auto-impuestos. Saber específico que es plenamente conciente del lugar que debe ocupar en una sociedad que lo acepta como tal.

La formación de JS con maestros como Enrico Tedeschi, Eduardo Sacriste y otros, que tanto en Rosario, Tucumán y Mendoza (por mencionar los sitios de su formación) entre fines de la década del ’50 y principios del ’60 tuvo la densidad que los debates del momento tenían. Momento en que se asumía el final de una parte del Movimiento Moderno (comenzaban los cuestionamientos a los aspectos más heroicos de este, además de acercarse el final de la vida de los grandes maestros y producirse la disolución de los CIAM) y se debatía cómo se continuaría esta tradición (si se me permite la paradoja: los ideólogos del MM habían comenzado negando toda continuidad con tradición alguna). Los debates que seguirían a ese momento se resolverían de la peor manera. Se comenzaría reclamando el fin de todo límite (algunos jóvenes arquitectos de aquellos tiempos alegaban estar aburridos de tanto rigor), y esta aspiración a toda posibilidad acabaría construyendo un nuevo tipo de arquitecto: ya no el arquitecto comprometido con los problemas de la sociedad de la que formaba parte (leer las ponencias de los CIAM es un buen ejercicio para saber de qué hablamos), sino uno que aspiraba a su puro desarrollo personal. Del intelectual conciente de su lugar como técnico comprometido al artista que no acepta ningún condicionamiento ni rigor. De un momento en que los arquitectos editaban revistas junto con científicos y artistas sobre los desarrollos industriales y científicos de nuestra sociedad, a un momento donde solo se aspira a una poética personal. Si el Zeitgeist de principios de siglo fue la coartada en los inicios del MM para negar (mirando de reojo) la arquitectura de los siglos precedentes, el Zeitgeist de los ’60 se volvió un torbellino para la arquitectura. No solo la arquitectura cambió para siempre, el perfil mismo de los arquitectos nunca volvió a ser el mismo. Hoy miramos la arquitectura del tardo-modernismo como miramos la sociedad que la generó: preguntándonos que nos pasó. Porque no fue solo la arquitectura la que cambió. La sociedad toda es otra. El fin del paradigma de la industrialización generó cambios de los que aún no somos plenamente concientes. De hecho los individuos somos diferentes: de un momento en que las personas se definían por lo que hacían a un momento -como el actual- en el que las personas se definen por lo que consumen. Nos volvimos una sociedad de consumidores, y para peor de consumidores engañados (no en vano la serie televisiva que se presenta como la que muestra donde comenzó el tiempo presente es sobre publicistas: Mad men)

Y después de todo este torbellino, nuestra mirada se posa en el arquitecto que lo atravesó con silencio y coherencia. La obra de JS -e incluso su persona misma- se nos aparece como un anacronismo. Visitar sus obras, hablar con él, es acceder a un mundo que irremediablemente se perdió. El sentido que tenía de la construcción (la elección de los materiales, el modo de tratarlos, el lugar que ocupaban en el proyecto), el modo en que trabajaba (dónde terminaba el proyecto y comenzaba la construcción), el tipo de ideas que desarrollaba (hablo en pasado, lamentablemente JS casi no ha hecho obras en los últimos 20 años), son los modos de otro tiempo. De ese tiempo en el que él recibió el legado de sus maestros y lo entendió como una misión irrenunciable. Sufrió ostracismo y ataques (literalmente: defender algunas de sus posiciones implicó que sus obras sufrieran no solo incomprensión sino también atentados). Pero JS continuó con un tesón que lo vuelve único. Por estas razones el acceso a su obra es un acontecimiento, por que es una verdadera cápsula del tiempo que nos permite acceder a un tiempo que pasó.

En Revista 1:100 número 39, julio 2012, pp 44-45.