Edificio UIA. Catalinas Norte. Buenos Aires 1968.

Si esta sección lleva como subtítulo fracasos ejemplares en arquitectura, este es un caso de un doble fracaso (y en uno de ellos no tan ejemplar). Los terrenos en los que se asienta el complejo de Catalinas Norte tuvieron una larga historia de uso como equipamiento del puerto primero y como parque de diversiones después, para llegar a un momento en el que fue desafectado de todo uso y el Estado decidió adquirirlo para iniciar un plan muy ambicioso. Este plan implicaba un proyecto de gestión mixta, con proyecto y retención de propiedad del suelo por parte del Estado (a través de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, cuya gestión en aquella época caía en un delegado del Poder Ejecutivo Nacional) e inversión privada, para el desarrollo de un centro administrativo de alta densidad. Este centro administrativo liberaría al centro de la ciudad de la presión inmobiliaria y a la vez le daría a esta una imagen característica al frente de la ciudad.

El proyecto del ente estatal encargado -la Organización del Plan Regulador de Buenos Aires, OPRBA- proponía un basamento unificado con acceso de puentes a su punto más alto (salvando así el desnivel del bajo porteño) y del cual emergían varias torres de variada altura. El basamento incluiría todos los servicios necesarios no solo para satisfacer las necesidades de quienes habitaran las torres (destinadas a oficinas y hoteles), sino además las necesidades no satisfechas por el centro porteño, permitiendo así una segura integración del nuevo sector a la ciudad existente. En el equipo de proyecto figuraban entre otros, Odilia Suarez y Clorindo Testa (1).

Todo venía muy bien, hasta que en 1966 llegó una de las típicas interrupciones constitucionales que solía sufrir la Argentina y la nueva gestión de la ciudad consideró que el Estado no debía participar del emprendimiento y se procedió a lotear el sitio, aplicándole una tibia normativa que intentaba (en vano) recuperar algunas de las aspiraciones de integración del plan del OPRBA: cada proyecto debía replicar la lógica de basamento y torre, ya sin puentes ni gestión unificada, solo se abrirían una serie de calles (mínimas) para facilitar el acceso vehicular y peatonal (ni las calles ni los basamentos exigidos lograron nunca resolver el problema de integración que tanto se temía).

A parir del loteo se vendieron las parcelas resultantes, y una de ellas fue adquirida por la Unión Industrial Argentina (UIA) para trasladar su sede desde el edificio que poseían (y al que hoy volvieron) en la Avenida de Mayo. Este ente organizó un concurso público para el que sería el primer edificio del nuevo sector de la ciudad. El concurso fue foco de interés de todo tipo de arquitectos (nóveles y experimentados, de perfil profesionalista y consagrados culturalmente) y tuvo como ganador a la oficina Manteola-Petchersky-Santos-Sanchez Gomez-Solsona-Viñoly (2).

La propuesta ganadora se presentaba desde la memoria descriptiva con la aspiración de alcanzar tres metas: flexibilidad, aprovechamiento rentable y representatividad. Los primeros dos puntos los lograban con una ajustada planta de núcleo lateral (orientado al oeste) que contenía todos los servicios y las principales circulaciones, dejando para un sector de la planta (a un tercio del perímetro) un par de ascensores jerárquicos en coincidencia con una parte de la estructura principal (3). El tercer punto se aspiraba alcanzarlo con dos medios: primero con un trabajo de ajuste del desarrollo de la torre que evitara que el obligatorio basamento la volviera baja, para ello se evitó tanto que la torre emergiera del basamento, proyectando este a la manera de anillo incompleto (4) como haciendo que la torre no se encontrara con el nivel cero, sino con un nivel más bajo, lo cual presenta a la torre más larga que lo que su altura implica. Por esta razón, incluso, el acceso debía hacerse desde un puente (5).

Segundo, se prolongaba la torre más allá de las plantas útiles de oficinas con un sector que las bases pedían como “Club de la UIA” y la memoria denominaba “Cápsula de esparcimiento”, esto es, el perímetro de courtain wall de la torre se prolongaba junto con la estructura principal (la que sostendría así el helipuerto pedido en el programa) y cerraba un espacio muy complejo de jardines colgantes, bandejas suspendidas, un espacio dedicado a la buena vida con excelentes vistas al río y la ciudad, y que potenciaban la imagen del edificio no solo por la prolongación de la torre, sino por la propuesta de colocar vidrios transparentes, los que harían visible al exterior todos los interiores, tanto de trabajo como de dolce far niente. La propuesta se potenciaba con la excepcional perspectiva dibujada por Rafael Viñoly, que sería por años su carta de presentación (aún hoy presenta en su página web este trabajo como su “primer concurso ganado” siguiendo fielmente con esa costumbre argentina de negar a sus socios en este logro) y que en ese momento era un estudiante de quinto año de 23 años (5).

La perspectiva muestra a la torre en su desarrollo total apenas fragmentado por el basamento permeable, con el núcleo opaco modulado por unos volúmenes de servicio articulados a la manera de los metabolistas (aunque de un modo un poco más cosmético: la típica fragmentación de las obras de este grupo se daba solo cada cinco pisos o de un buñado por piso). La transparencia de la piel propuesta deja ver no solo las rutinarias plantas de oficinas sino además los pisos destinados a las oficinas específicas de la UIA (las que comienzan a tener diferente sección que el conjunto) como el Club en el remate de la torre.

La torre se comenzaría a construir en 1970, y pronto comenzó a sufrir cambios. Primero se abandonó la definición del courtain wall propuesta por los arquitectos, ya que ni las medidas de aluminio ni los cristales transparentes se fabricaban en la Argentina, y no parecía una buena señal que la corporación de los industriales argentinos importara esos materiales que hacían a la imagen del edificio. Y después lo peor: se reemplazó la “Cápsula de esparcimiento” por más pisos de oficinas. Lo que había sido la carta ganadora de la propuesta del concurso se abandonaba (6). Esto le quitaba al edificio su gran singularidad y lo convertía en una torre que, si bien proporcionada con elegancia, ajustada en sus detalles y con una gran resolución del plano cero (que tan difícil es encontrar en una torre Argentina), la volvía mas standard que su proyecto original.

Por supuesto, uno puede imaginar razones económicas en la decisión: el tener más pisos de oficina aptos para el alquiler volvía a toda la operación más rentable y mejoraba los tiempos de amortización. A partir de ese momento, todas las grandes empresas de Buenos Aires aspiraron a radicar sus sedes en ese nuevo sector de la ciudad y la UIA no debía negárselo.

Pero por otro lado uno imagina que una propuesta de hacer visible a toda la población de una ciudad la buena vida de los “Capitanes de la industria” no parecía una buena idea. Tampoco se debe haber evaluado convertirlo en un espacio público (como en los principios del Siglo XX fue una costumbre), simplemente se eliminó. Las autoridades de la organización empresaria descubrieron que tanto metropolitanismo les podía costar caro (hasta la vida) y decidieron llevar su tiempo de ocio hacia las afueras de la ciudad, donde comenzaban a construirse los primeros Country Club, ámbito donde solo los podría ver una clase media ávida de mezclarse con ellos y que (por haber logrado llegar hasta ahí) de ningún modo les cuestionaría ninguna decisión.

Catalinas Norte siguió su ciclo, hubo varios concursos para empresas públicas (Aerolíneas Argentinas, SEGBA) que intentaban radicarse en el sector pero nunca desarrollaron los proyectos ganadores. Se construyó algún edificio notable como el Conurban y muchos anodinos. Otra oportunidad se había perdido en la ciudad de Buenos Aires.

En Revista 1:100 número 45, septiembre 2013, pp 76-79.