Javier Corvalán y cierta tendencia contemporánea.

A lo largo del Siglo XX hemos visto muchas búsquedas de arquitectos en las cuales una definición constructiva constituía la decisión central de un proyecto, dejando que otros aspectos de la obra se subordinen a esta. Según este modo de trabajar, se confiaba en que el rigor de la definición constructiva equivalía al rigor de la obra. De esta manera, otros aspectos de las obras (distribución, carácter, etc.), serían subsidiarios de esta definición.

En algunos casos, algunos arquitectos (e incluso ingenieros), dedicaban su vida a investigar ciertas técnicas y materiales y sus obras eran un campo de aplicación para sus avances constructivos y tecnológicos, llegando algunos incluso a gestionar patentes, entrando de ese modo completamente en el campo de la industria. También presentando sus desarrollos en congresos y simposios de ingeniería y construcción, ocupando de esta manera claramente un espacio de perfil científico.

Ya en la década del ’20 desde la revista ABC se ejercía la crítica de obras de arquitectura comparándolas por el peso u otros datos cuantificables. El caso de Eladio Dieste constituye un gran ejemplo de búsqueda sistemática (son numerosas las patentes presentadas por él) y las investigaciones de Buckminster Fuller para los marines norteamericanos ya constituyen un caso más tecnocrático de este perfil, más allá de la paradoja de que los grupos hippies tomaran sus investigaciones para la construcción de sus comunidades. Pero estos ejemplos son solo unos pocos de una genealogía muy amplia (que por supuesto incluye al mismo Catalano que tenemos en otra sección de esta revista).

Pero lo que sí puede decirse es que estas búsquedas se apoyaban fuertemente en el rigor técnico de las propuestas y que si bien no carecían de aspiraciones expresivas, eran defendidas principalmente por su carácter (supuestamente) objetivo. Cuando uno escuchaba a sus autores, estas obras aparecían como la opción superadora a toda otra, no solo como una opción personal.

En los últimos años, y luego del retroceso postmoderno, donde este modo de trabajar fue sostenido por unos pocos (en los que Paulo Mendes da Rocha es el caso más notable), han aparecido ya muchos arquitectos, cuya obra parte de una potente opción constructiva, donde la definición matérica de la obra se convierte (al decir de Helio Piñón) en la legalidad interna de la obra, pero donde ya no hay aspiración de universalidad. En cada caso los autores ven la decisión constructiva elegida como su opción, de hecho la crítica acompaña este modo de producción poniendo especial énfasis en una definición autoral. Más allá de que vemos investigaciones y búsquedas muy rigurosas, ya los discursos abandonaron la pretensión de ocupar un lugar en la industria, ni que hablar de ocuparlo en la ciencia (por supuesto siempre hay excepciones, existió Bruce Goff, existe Shigeru Ban, de lo que hablo es de un clima de época).

Incluso al escuchar los discursos para explicar estas obras, estos se apoyan en filósofos, escritores o artistas plásticos. Así Deleuze, Benjamin, Borges o Richard Serra ocuparán el lugar que antes ocupaban las verificaciones técnicas o económicas.

Y puede ser que sea correcto este cambio. La industria de la construcción claramente prefiere los caminos más sencillos y repetitivos dejando poco lugar a búsquedas verdaderamente innovadoras. Y donde si hay innovación, los nuevos productos ofrecidos por la industria presentan ya una estética estereotipada por definición. Las obras construidas con estos productos corren el grave riesgo de parecerse.

Y es por eso que esta tendencia prefiere las técnicas constructivas y materiales más artesanales o los productos industriales usados de una manera no prevista por sus fabricantes. La industria de la construcción parece cerrar caminos y estos arquitectos aspiran a abrirlos corriéndose hacia búsquedas constructivas alternativas.

Este es claramente el camino elegido por Javier Corvalán. Sus obras intentan construir su propio rigor a partir de definiciones constructivas particulares. De hecho se encuentran más elementos tipológicos en la organización funcional de sus obras que en los aspectos tecnológicos, los cuales aparecen con una carga expresiva muy potente que se convierte en la centralidad de su obra. Se percibe siempre una primera vocación por el desafío constructivo que definirá la obra, por sobre los aspectos de orden distributivo que se desarrollan con una placidez que no comparte su materialidad.

Por ahora los programas que enfrentó JC son pequeños, es de esperar su respuesta a problemas más complejos. Pero sí se percibe –en toda escala- una centralidad en los aspectos expresivo-constructivos. Un portón puede convertirse en un complejo sistema de cierre. Una simple cubierta, casi en un desafío a todos los temores de cualquier arquitecto. JC se interesa por soluciones fuera de la norma y con materiales fuera de todo catálogo para satisfacer una fruición creativa muy particular. Así puede usar pallets de madera, chapas viejas, ladrillos huecos dejados a la vista, etc., encontrando cada uno de estos elementos un lugar protagónico, muy ajeno a su carácter aislado.

JC parece establecer con sus obras una relación de tipo personal, y es de esperar que su futura producción amplíe nuestro horizonte, tanto o más como otros actores nos lo cierran.

En Revista 1:100 número 34, septiembre 2011, pp 55-56.