Pruitt-Igoe

Minoru Yamasaki puede ser considerado el arquitecto más desafortunado entre aquellos que obtuvieron algún reconocimiento internacional. Porque si bien su obra más importante, el World Trade Center, fue objeto del peor atentado de la historia de los Estados Unidos (no así del mundo, no nos olvidemos del bombardeo de Dresden), otra obra de su autoría sufrió también una escandalosa demolición. Y lo peor, fue que la cultura arquitectónica internacional (al menos su parte mas reaccionaria) la festejó con fruición. Me refiero al conjunto de Pruitt-Igoe (en el que en realidad Yamasaki era la cara visible de Helmuth,Yamasaki & Leinweber Architects) (1).

Desde que Charles Jencks definiera el comienzo de esta demolición como la muerte de la Arquitectura Moderna, Pruitt-Igoe ocupó un lugar en la cultura arquitectónica mundial. Este evento, fue usado por muchos como una oportunidad para sacarse de encima el lastre que más les pesaba de los ideales del Movimiento Moderno (MM): sus aspiraciones sociales, o dicho de otra manera, su perfil más político.

Pero Pruitt-Igoe fue desde su origen, en 1950, un problema que excedió en mucho los alcances de la arquitectura. Cuando en la segunda postguerra, se produjeron en todo el mundo migraciones masivas del campo a las ciudades, en St. Louis, Estado de Missouri, esto afectó de una manera muy particular. La migración del campo venía del sur profundo y tenía un perfil muy definido: era mayormente negra. Y como en todo el mundo esta era migración de gente muy pobre en busca de las oportunidades que las grandes ciudades prometían. Cuando estas personas comenzaron a radicarse en los barrios más antiguos de la ciudad, pronto las autoridades (blancas y racistas) comenzaron a preocuparse. Si esta locación masiva de gente negra se extendía por la ciudad -razonaban ellos-, los valores de la propiedad descenderían. Fue así, que disfrazando la operación de salvaguarda de las condiciones de vida de la población de menores recursos de la ciudad, se presentó el proyecto de un conjunto de 5.800 departamentos distribuidos en 33 edificios de 11 pisos cada uno (2).

El proyecto arrancaba mal desde el principio. Ya el mismo nombre muestra la mala conciencia de las autoridades a cargo. Se lo presentó con el nombre compuesto de un piloto negro de la Segunda Guerra Mundial Wendell Pruitt y de un político local blanco William Igoe. Esto se originaba en que Pruitt-Igoe eran en realidad dos conjuntos que estarían ocupados de manera diferenciada por población blanca y negra, todos de bajos recursos.

Los bajos costos exigidos por la autoridad Federal que brindaba los fondos para la construcción de la obra, hicieron que se rechazara el primer proyecto presentado por Yamasaki, que organizaba bloques de diferente tamaño y escala, para lograr una articulación urbana diferenciada. Para bajar costos, se canceló esta articulación y solo quedaron los grandes bloques, con circulación vertical mecánica con parada cada tres niveles, lo que concentraba la circulación horizontal en grandes circulaciones elevadas en la manera que proclamaban sus contemporáneos, los Neo-Brutalistas (hay que reconocer también que el conjunto no tomaba mucho más de esta corriente) (3). El resto era un espacio exterior con escaso tratamiento y poca infraestructura (ni siquiera se plantó el “río de árboles’’ propuesto originalmente). Los edificios fueron construidos con fondos Federales, pero el mantenimiento sería pagado con los alquileres que pagarían los ocupantes.

Pronto comenzaron los problemas y, paradójicamente, estos comenzaron con una buena noticia. En 1956, cuando ya se estaban otorgando los departamentos, la Corte del estado de Missouri eliminó las leyes de discriminación racial, lo que generó que a partir de ese momento, la población negra y la blanca no debían estar separadas. La consecuencia fue que prácticamente ningún blanco quiso mudarse al conjunto (y los que ya lo habían hecho, se fueron), y entonces desde su origen, el conjunto entero fuera objeto de discriminación por el resto de los habitantes de St. Louis.

Además las autoridades impusieron a los beneficiarios de la entrega de departamentos, condiciones extremas. La más perniciosa -entre otras- fue la condición de que se privilegiaría la entrega de departamentos a familias mantenidas solo por la madre (4). Esto generó que ante la desesperación por conseguir una vivienda (las ruinosas casas que los más pobres podían alquilar, serían demolidas para aprovechar el suelo, de buena ubicación en la ciudad), muchas familias optaran por denunciar una falsa ausencia paterna. Las autoridades comenzaron a enviar controles policiales (especialmente nocturnos) y así fue que los niños eran instruidos para vivir en la mentira: había que ocultar la existencia de hombres en la casa.

Por otro lado, pronto se vio que los costos de mantenimiento serían mas altos que lo que los ocupantes podían pagar, lo que generó una rápida degradación del conjunto, ante la negativa de las autoridades de subsidiar parte de los gastos.

Todo esto hizo que pronto el conjunto se viera como un lugar del cual había que irse. Toda familia que lograba una mejora en su ingreso, se mudaba de Pruitt-Igoe, generando así una acelerada decadencia a causa de que solo quedaban los más pobres y que además, al ser menos habitantes, mayor debía ser el pago de cada uno para garantizar el mantenimiento. A 10 años de inaugurado, lo que fue presentado como un ejemplo de la ciudad del futuro (que obviamente describían brillante), se había convertido en un páramo donde reinaban la pobreza y la violencia (5, 6).

Los debates se suscitaron y los habitantes comenzaron una lucha con reclamos para mejorar sus condiciones de vida. Pero ya no había ningún negocio por hacer. Si la construcción del conjunto beneficiaba a los propietarios de terrenos en la ciudad y, obviamente, a las empresas constructoras, el mantenimiento del conjunto solo beneficiaría a sus habitantes. Además, para estos, el barrio ya se había convertido en una cárcel (y tanto es así que uno de los proyectos para reutilizar los edificios, fue convertirlo en una penitenciaria federal).

Finalmente, lo que se decidió fue la demolición lisa y llana. Esta comenzó con la expulsión de los habitantes y la detonación del primero de los edificios el 16 de Marzo de 1972, la demolición completa del conjunto se extendió hasta 1976 (7).

Así fue que, un año después, Jencks aprovechaba este evento para festejar el fin de la Arquitectura Moderna. Y allí comenzó un pacto tan perverso como el que marcó el destino de Pruitt-Igoe. Fueron muchos los que festejaron la definición de Jencks, sin atender a los factores que -no teniendo nada que ver con el proyecto-, fueron los verdaderos causantes del fracaso del conjunto. Muchos políticos y arquitectos adscribieron a esta definición de Jencks para aprovechar y cerrar la etapa social de la arquitectura y prácticamente toda gran ciudad (Buenos Aires entre ellas) tuvo su episodio de demolición de un gran conjunto de vivienda social con televisación incluida. Los políticos podían de esta manera olvidarse de resolver el problema más difícil de nuestras ciudades y los arquitectos ganábamos un lugar, ya que, culpar al proyecto del fracaso del barrio, era decir que un buen proyecto hubiera resuelto los problemas sociales.

Eran muchos los que querían desembarazarse de los aspectos sociales y políticos del MM, y esta era la oportunidad. La arquitectura volvería de esta manera a ser una materia para las clases privilegiadas de nuestras sociedades y los arquitectos nos ocuparíamos entonces solo de los grandes temas: ya no sería nuestro problema el de la vivienda masiva. La cultura arquitectónica retrocedía 100 años y de un plumazo se volvía a los valores del Beaux Arts.

El MM pagó de esta manera el precio de haberse desentendido de quienes fueron los actores que comenzaron los reclamos que le darían sustento. Los sectores sociales, políticos y profesionales (sindicalistas, socialistas, médicos, sanitaristas, etc.) que comenzaron en el siglo XIX a luchar por mejorar las condiciones de vida de los sectores postergados de la sociedad, enfrentados a la emergencia de las grandes ciudades. El haberse olvidado de este origen y hasta negar estas luchas (¿cuantas páginas de Gideon o Pevsner están dedicadas a estos episodios?) para privilegiar los debates formales, hizo que el MM pronto se convirtiera, para algunos, en un conjunto de estilemas sin ninguna carga política ni social.

Para Minoru Yamasaki este fue el gran fracaso de su vida, tanto es así que en su autobiografía no hace ninguna referencia a Pruitt-Igoe.

Este año se cumplen 40 años del comienzo de la demolición y se lo recuerda organizando un concurso donde se llama a proyectar en el vacío dejado, una propuesta urbana, con poca mención a los conflictos que llevaron a esta situación. Y mucho menos a los conflictos del presente.

En Revista 1:100 número 38, mayo 2012, pp. 74-79.